Análisis de la novela de Sir Conan Doyle, Estudio en Escarlata
Análisis de la novela de Sir Conan Doyle,
Estudio en Escarlata
Método de investigación del personaje Sherlock
Holmes.
Publicada en la revista Ward, Lock & Co. en Beeton's Christmas de noviembre
de 1887
Se trata de la primera aparición de Sherlock Holmes y el Dr. Watson.
Preliminares:
La historia comienza en 1881,
cuando el Dr. Jhon Watson se encuentra con un viejo amigo, Stamford.
Watson se vio obligado a retirarse por una herida de guerra y, al recuperarse,
fue víctima del tifus. Ahora está buscando un lugar para vivir. Stamford revela
que un conocido suyo, Sherlock Holmes, está buscando a alguien para compartir
el alquiler en un piso en la calle Baker, en el 221 B.. Un día les llega
un mensaje de Scotland Yard sobre un reciente asesinato. Holmes y
Watson se proponen investigarlo.
Holmes observa la acera y el
jardín que conducen a la casa, antes de que Watson y él se reúnan con los
inspectores Gregson y Lestrade. Los cuatro observan la escena del crimen y el
cadáver masculino. Hay sangre en la habitación, pero no hay heridas en el
cuerpo. También ven de los documentos que se encuentran con la persona, que se
encontraba en Londres con un amigo, Joseph Stangerson. En la pared, escrito con
sangre, está la palabra "RACHE" que, afirma Holmes, significa
'venganza' en alemán. Deduce que la víctima murió envenenada, y describe
cómo cree que era el asesino: de metro ochenta de altura, con los pies pequeños
para su estatura, de tez rubicunda, con botas de punta cuadrada.
La segunda parte de la novela
tiene como trasfondo la historia de los orígenes de Iglesia Mormona que se
enlazan con una historia de amor. Tras una serie de marchas y contramarchas,
Holmes logra dar con el asesino y resolver el crimen.
Cuando Watson empieza a conocer a
Sherlock Holmes, se pregunta a que se dedica ya que se da cuenta que Sherlock
posee conocimientos amplios sobre ciertas materias y en otras ningún o uno muy
pequeño.
Mismo que realiza una lista de los
conocimientos que posee Sherlock, citando a la novela:
Sherlock Holmes. Área de sus
conocimientos:
1. Literatura...
Cero.
2. Filosofía...
Cero.
3. Astronomía...
Cero.
4. Política...
Ligeros.
5. Botánica...
Desiguales. Al corriente sobre la belladona, opio y
venenos en general.
Ignora todo lo referente al cultivo práctico.
6. Geología...
Conocimientos prácticos, pero limitados. Distingue de un
golpe de vista la
clase de tierras. Después de sus paseos me ha mostrado
las salpicaduras
que había en sus pantalones, indicándome, por su color y
consistencia, en
qué parte de Londres le habían saltado.
7. Química...
Exactos, pero no sistemáticos.
8. Anatomía...
Profundos.
9. Literatura
sensacionalista... Inmensos. Parece conocer con todo
detalle todos los
crímenes perpetrados en un siglo.
10. Toca el violín.
11. Experto
boxeador y esgrimidor de palo y espada.
12. Posee
conocimientos prácticos de las leyes de Inglaterra
En esta parte de la novela nos damos cuenta que
Sherlock Holmes limita de forma premeditada el área de conocimientos que posee
esto en función de la profesión que profesa.
En las primeras páginas de la novela cuando el
Dr. Watson se encuentra tratando de dilucidar a que se dedica su compañero de
Alquiler y al leer un artículo denominado el “libro de la Vida” “Ciencia de la
Deducción” en un periódico le indica a Sherlock de forma despectiva como
ciencia de salón, Sherlock le dice que es lo escribió y es cuando le dice a qué
se dedica citando a la novela:
“Holmes explica entonces que, gracias
a su dominio de la observación y la deducción, le es posible ganarse la vida de
manera respetable. Acto seguido, sin necesidad de ninguna pregunta más, Holmes le
revela su misterioso oficio: Tengo una profesión propia. Me imagino que soy el único
en el mundo que la profesa. Soy detective consultor, y usted vera si entiende
lo que significa.”
En esta parte de la novela nos damos cuenta que
este investigador consultor utiliza la deducción para extraer juicios basados
en hechos.
Posteriormente en la novela nos indica que
Sherlock Holmes es consultado por dos detectives de la Scotland Yard, de un
extraño asesinato, es en donde se dirigen al lugar del hecho para constatar el
cadáver, y los hechos que envuelven dicha muerte.
Hago un paréntesis que me parece oportuno decir que,
para observar un hecho, y saber que buscar tenemos que poseer conocimientos que
nos indicara que es importante y que no en una investigación cuales son los
indicios que nos llevaran a una evidencia del hecho estudiado, mismo que el
personaje Sherlock Holmes ya había hecho con anterioridad en haber estudiado y
limitado los conocimientos que poseía.
En la
novela al llegar al lugar del hecho lo
primero que hace Sherlock es buscar en ese momento indicios empezando desde la
calle, posteriormente a la entrada del inmueble hasta llegar al cuarto en donde se encontraba el cadáver en
donde observa desde la posición del mismo así como el rigor mortis del occiso,
esto nos hace ver que el personaje tiene un método de investigación propio en
que observa el lugar de afuera hacia
adentro, buscando indicios el personaje
deduce que es lo que tienen relación con el hecho tomándolas como evidencia, ya teniendo el mayor número
de evidencias formula una hipótesis, y
en base a esta empieza una investigación encaminada a verificar dicha hipótesis,.
A lo largo del relato nos damos cuenta que
Sherlock Holmes, es flexible en sus hipótesis ya que cambia cuando al verificar
los hechos no concuerda con lo que él había formulado modificando con esto su
hipótesis hasta que la misma concuerde perfectamente en los hechos en todo
momento Sherlock Holmes, experimenta comprueba y analiza los datos hasta llegar
a una verdad.
Muy parecido en el método científico que me
atrevo a mencionar:
Una de las cosas que nos damos cuenta en los
personajes tanto de Sherlock Holmes así como de los Inspectores de Scotland
Yard, es que mientras las investigaciones llevadas por el primero sus
pensamientos son con un pensamiento científico, los pensamientos de los
Inspectores de Scotland Yard son de forma empírica misma que está basada en la
percepción, pues nos dice qué es lo que existe y cuáles son sus
características, pero no nos dice que algo deba ser necesariamente así y no de
otra forma; tampoco nos da una verdad universal. Consiste en todo lo que se
sabe y que es repetido continuamente teniendo o sin tener un conocimiento científico.
Cuando los pensamientos son de forma empírica no permite hacer un análisis
profundo de nuestras ideas, en cambio un pensamiento científico nos da un conjunto
de técnicas y métodos que permiten organizar el conocimiento sobre la
estructura de hechos objetivos y accesibles a distintos observadores. El
pensamiento, por su parte, es el producto de la mente, aquello traído a la
existencia por medio de la actividad intelectual. sé tiene claro cada proceso
de ideas que van surgiendo mismo que permite un análisis profundo en cada parte
de nuestras hipótesis y permitiendo con eso el análisis y comprobación de
resultado de las mismas.
Permitiéndome citar a la
novela la explicación de cómo investigo Sherlock Holmes con palabras del
personaje:
“. Pues bien: éste era un caso en el
que se nos daba el resultado, y en el que teníamos que descubrir todo lo demás
nosotros mismos. Voy a intentar exponerle las diferentes etapas de mi
razonamiento. Empecemos por el principio. Llegué a la casa, como usted sabe, a
pie y con el cerebro libre de toda clase de impresiones. Empecé, como es
natural, por examinar la carretera, y descubrí, según se lo tengo explicado ya,
las huellas claras de un carruaje, y este carruaje, como lo deduje de mis
investigaciones, había estado allí en el transcurso de la noche. Por lo
estrecho de la marca de las ruedas me convencí de que no se trataba de un
carruaje particular, sino de uno de alquiler. El coche Hansom de cuatro ruedas
que llaman Growler es mucho más estrecho que el particular llamado Brougham.
Fue ése el primer punto que anoté. Avancé luego despacio por el sendero del
jardín, y dio la casualidad de que se trataba de un suelo de ardua,
extraordinariamente apto para que se graben en el mismo huellas. A usted le
parecerá, sin duda, una simple franja de barro pisoteado, pero todas las
huellas que había en su superficie encerraban un sentido para mis ojos
entrenados. En la ciencia detectivesca no existe una rama tan importante y tan olvidada
como el arte de reconstruir el significado de las huellas de pies. Descubrí las
fuertes pisadas de los guardias, pero vi también la pista de dos hombres que
habían pisado primero el jardín. Era cosa fácil afirmar que habían pasado antes
que los otros, porque en algunos sitios sus huellas habían quedado borradas del
todo al pisar los segundos encima mismo. Es como fabriqué mi segundo eslabón,
que me informó de que los visitantes nocturnos habían sido dos, uno de ellos
notable por su estatura (lo que calculé por la longitud de su zancada) y el
otro elegantemente vestido, a juzgar por la huella pequeña y elegante que
dejaron sus botas.
Esta última deducción quedó confirmada
al entrar en la casa. Allí tenía delante de mí al hombre bien calzado. Por
consiguiente, si había existido asesinato, éste había sido cometido por el
individuo alto. El muerto no tenía en su cuerpo herida alguna, pero la
expresión agitada de su rostro me proporcionó la certeza de que él había visto
lo que le venía encima. Las personas que fallecen de una enfermedad cardíaca, o
por cualquier causa natural repentina, jamás tienen en sus facciones señal
alguna de emoción. Cuando olisqué los labios del muerto pude percibir un leve
olorcillo agrio, y llegué a la conclusión de que se le había obligado a ingerir
un veneno. Deduje también que le habían obligado a tomarlo por la expresión de
odio y de temor que tenía su rostro. Había llegado a este resultado por el
método de la exclusión, porque ninguna otra hipótesis se ajustaba a los hechos.
No vaya usted a imaginarse que se trata de una idea inaudita. No es, en modo
alguno, cosa nueva, en los anales del crimen, el obligarle a la víctima a
ingerir el veneno. Cualquier toxicólogo recordará en seguida los casos de
Dolsky, en Odesa, y de Leturier, en Montpellier.
A continuación se me presentó el gran
interrogante del móvil. Éste no había sido el robo, puesto que no le habían
despojado de nada. ¿Se trataría, pues, de política o mediaba una mujer? Tal era
el problema con que me enfrentaba. Desde el primer instante me sentí inclinado
a esta última suposición. Los asesinos políticos tienen por costumbre darse a
la fuga en cuanto han realizado su cometido. Este asesinato, por el contrario,
había sido llevado a cabo de un modo muy pausado, y quien lo perpetró había
dejado huellas suyas por toda la habitación, mostrando con ello que había
estado presente desde el principio hasta el fin.
Ofensa que exigía un castigo tan
metódico era, por fuerza, de tipo privado, y no político. Al descubrirse en la
pared aquella inscripción, me incliné más que nunca a mi punto de vista. Estaba
demasiado claro que aquello era una aliagaza. Pero la cuestión quedó zanjada al
encontrarse el anillo. Sin duda alguna, el asesino se sirvió del mismo para
obligar a su víctima a hacer memoria de alguna mujer muerta o ausente. Al
llegar a este punto fue cuando pregunté a Gregson si en su telegrama a
Cleveland había indagado acerca de algún punto concreto de la vida anterior del
señor Drebber. Usted recordará que me contestó negativamente. Procedí a
continuación a escudriñar con mucho cuidado la habitación, y el resultado me
confirmó en mis opiniones respecto a la estatura del asesino, y me proporcionó
los detalles adicionales referentes al cigarro de Trichinopoly y a la largura
de las uñas. Al no ver señales de lucha, llegué, desde luego, a la conclusión
de que la sangre que manchaba el suelo había brotado de la nariz del asesino,
debido a su emoción. Pude comprobar que la huella de la sangre coincidía con la
de sus pisadas. comprobar que la huella de la sangre coincidía con la de sus
pisadas. Es cosa rara que una persona, como no sea de temperamento sanguíneo,
sufra ese estallido de sangre por efecto de la emoción, y por ello aventuré la
opinión de que el criminal era, probablemente, hombre robusto y de cara
rubicunda. Los
hechos han demostrado que mi juicio
era correcto. Cuando salimos de la casa procedí a realizar lo que Gregson había
olvidado. Telegrafié a la Jefatura de Policía de Cleveland, circunscribiendo mi
pregunta a lo relativo al matrimonio de Enoch Drebber. La contestación fue
terminante. Me informaba de que ya con anterioridad había acudido Drebber a
solicitar la protección de la ley contra un antiguo rival amoroso, llamado
Jefferson Hope, y que este Hope se encontraba en Europa. Sabía, pues, que ya
tenía en mis manos la clave del misterio, y sólo me quedaba atrapar al asesino.
En ese momento había yo llegado mentalmente a la conclusión de que el hombre
que había entrado en la casa con Drebber no era otro que el mismo cochero del carruaje.
Las marcas que descubrí en la carretera me demostraron que el caballo se había
movido de un lado a otro de una manera que no lo habría hecho de haber estado
alguien cuidándolo. ¿Dónde, pues, podía estar el cochero, como no fuese dentro
de la casa? Además, es absurdo suponer que ninguna persona que se encuentre en
su sano juicio cometa un crimen premeditado a la vista misma, como si
dijéramos, de una tercera persona que sabe que lo delatará. Y, por último, si
alguien quiere seguirle los pasos a otra persona en sus andanzas por Londres,
¿qué mejor medio puede adoptar que el de hacerse conductor de un coche público?
Todas estas consideraciones me llevaron a la conclusión de que a Jefferson Hope
habría de encontrarlo entre los aurigas de la metrópoli. Si él había trabajado
de cochero, no había razón de suponer que hubiese dejado ya de serlo. Todo lo
contrario: desde el punto de vista suyo, cualquier cambio repentino podría
atraer la atención hacia su persona. Lo probable era que, por algún tiempo al
menos, siguiese desempeñando sus tareas. Tampoco había razón para suponer que.
Actuase con un nombre falso. ¿Pára qué iba a cambiar el suyo en un país en el
que éste no era conocido por nadie? Por eso organicé mi cuerpo de detectives
vagabundos, y los hice presentarse de una manera sistemática a todos los
propietarios de coches de alquiler de Londres, hasta que huronearon dónde
estaba el hombre tras del que andaba yo. Aún está fresco en la memoria de usted
el recuerdo del éxito que obtuvieron y de lo rápidamente que yo me aproveché
del mismo. El asesinato de Stangerson fue un episodio completamente inesperado,
pero que en cualquier caso habría resultado difícil de evitar. Gracias al
mismo, como usted ya sabe, entré en posesión de las píldoras, cuya existencia había
conjeturado. Como usted ve, el todo constituye una cadena de ilaciones lógicas
sin una ruptura ni una grieta.
Con este fragmento de la novela de Sherlock Holmes me atrevo a decir que
tiene una gran similitud al método científico que lo llevo a resolver el
misterio.




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